Las ausencias – Reflexión en “Vigilia ecuménica de las memorias y la…

Publicado el 05 de abril, 2017 por Daniela Aceituno Silva

Columnas

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El Golpe de Estado de 1973, que se produce aquella mañana del 11 de septiembre, trajo a nuestras vidas, a las de nuestras familias, a las de nuestros amigos y amigas, a las vidas de nuestros compañeros y compañeras de trabajo y por qué no decirlo, de lucha, un frío como el que podemos sentir ahora, una oscuridad tan extendida como aquella que recorre este lugar en el que estamos, un silencio que es tan conmovedor como el que podemos percibir desde este espacio.

El Golpe de Estado de 1973, no sólo significó un bombardeo a La Moneda, significó también un ataque mortal a nuestro tejido social, a nuestras relaciones humanas. No sólo perdimos un Estado social de derechos, no sólo se negó nuestra democracia, sufrimos la pérdida de la solidaridad, de la organización y la participación sindical, de las ollas comunes donde se comían porotos con tallarines en las esquinas de las poblaciones, la pérdida de un  sueño político, el retroceso en muchos campos de derechos. Perdimos en cierta forma la capacidad de creer, de confiar, de pensar y opinar libremente. Perdimos la posibilidad de hablar de política en la mesa y que nadie lo viera como un tema tabú, como un tema prohibido o como un asunto que nada tiene que ver con su vida. Perdimos tanto, perdimos mucho, perdimos a quienes tuvieron que salir exiliados y exiliadas, dejar el país, y que cuando volvieron ya no eran las mismas personas. Perdimos, la dignidad de quien vivió la prisión, la tortura, el hambre, la humillación, el tormento psicológico, físico y sexual. Perdimos al padre de familia, perdimos al hijo, perdimos a quien fuera el amor, el compañero de vida de alguien, perdimos a esa compañera linda, me la imagino de rizos al viento y sonrisa contagiosa. ¿Dónde están?, ¿dónde los y las dejaron?, ¿dónde podemos ir a dejarles un clavel?

La ausencia de sus cuerpos, la ausencia de esa dimensión profunda de su ser humano, es la ausencia que hoy día nombramos, que hoy hacemos nuestra.  Son las ausencias que no se han dicho, las ausencias no elaboradas, ausencias que no se ven, porque no están, son las muchas ausencias que el tiempo atesora.  La ausencia nos ha acompañado todo el tiempo, ausencia estatal, ausencia de verdad, ausencia de justicia, ausencia de reparación, ausencia de una institucionalidad eficaz, como símbolos de la capacidad destructiva del terrorismo de Estado. Es la no política, el silencio que escuchamos, esa complicidad que tiene como aliados a los medios de comunicación y al modelo económico. Son esas ausencias, cuya presencia también reconocemos.

Las vidas de las y los detenidos desaparecidos, de las y los ejecutados políticos y de quienes sufrieron el exilio, la prisión y las torturas, se constituyen en la prolongación de las ausencias por medio de la impunidad, la falta de verdad,  de justicia y reparación, que reafirma la incapacidad de nuestra democracia de construir un país reconciliado y solidario, pero que al mismo tiempo, y en honor a esas ausencias, nos convoca, nos atrae, nos moviliza a comprometernos desde nuestra fe vigilante, despierta, precavida.