Lucien Fevbre. Martín Lutero, un destino (1927)

Publicado el 31 de octubre, 2017 por Matías Maldonado

Reseñas

En enero de 1929 aparece el primer número de Annales d’ histoire économique et sociale. El futuro carácter iconoclasta de la revista podría hacernos pensar fácilmente en que se trataba de una empresa de dos jóvenes historiadores con desproporcionadas ambiciones interdisciplinarias. Es interesante saber que, al momento de la fundación de Annales, Marc Bloch ya tenía cuarenta y tres años y Lucien Febvre, cincuenta y uno. Ambos trabajaban en la Universidad de Estrasburgo y tenían a su haber importantes libros y artículos publicados. Por ejemplo, Bloch había dado ya a la imprenta Los reyes taumaturgos y Febvre su Martín Lutero. En la década del treinta, la revista se desplazó rápidamente de Estrasburgo a París tras el acceso de Febvre al Collège de France en 1933 y de Bloch a la Sorbona en 1936: “considerando la importancia que tenía París en la vida intelectual francesa, estos desplazamientos hacia el centro eran signos del éxito del movimiento de Annales[1]. El resto es historia.

            Martín Lutero es, pues, un libro anterior a Annales, París, el Collège de France y la dirección de la Sección VI de la École Practique des Hautes Études. Es el libro de un historiador en seguro proceso de consolidación y a punto de acceder a las más altas jerarquías académicas francesas. Eso, sin embargo, es desconocido al estudiante de primer año de Licenciatura en Historia quien descubre deslumbrado, en un rincón de la bibliografía complementaria del curso de Historia moderna de Europa, que el insigne compañero del valeroso Bloch, fusilado por los nazis en 1944, escribió nada menos que una biografía de su aún más admirado Martín Lutero. Que un historiador tan famoso haya escrito no solo unas cuantas páginas sino un libro completo sobre el reformador alemán era una coincidencia irresistible.

Probablemente todo se juegue en las primeras palabras. Nadie puede dejar de leer un libro que comience así: “el día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana”[2]. Nos hemos malacostumbrado a creer que la efectividad del primer golpe solo hay que dejárselo a los narradores. Febvre, amable y rudo con el lector, comienza con el ya célebre “¿Una biografía de Lutero? No. Un juicio sobre Lutero, nada más”[3]. Este primer golpe puede ser engañoso: Febvre efectivamente reconstruye la trayectoria vital de Lutero, por lo que no sería un error inscribir este libro en el género biográfico. Probablemente consciente del posible malentendido, Febvre advierte que su objetivo es plantear, “a propósito de un hombre de una singular vitalidad, el problema de las relaciones del individuo con la colectividad, de la iniciativa personal con la necesidad social, que es, tal vez, el problema capital de la historia”[4]. Se trata, es cierto, de la reconstrucción de una trayectoria vital con atención permanente a las particularidades geográficas, políticas, económicas y culturales en las que está inserta.

En la dura reseña que le dedica al libro Recherches sur l’ esprit politique de la Réforme (1926) de Georges de Lagarde, Febvre afirma que “circunscribir en el cerebro de Lutero (¿pero Lutero es solo un cerebro?), en el cerebro de Zuinglio, en el cerebro de Calvino (y la misma cuestión prejudicial se presenta aquí también), de un tajo de bisturí muy incisivo el compartimento de las «ideas políticas», llevárselo después, separándolo de todo lo que le  rodeaba, de todo lo que le encuadraba, cortando las arterias y los nervios que le daban vida, y luego, describir esta cosa muerta como si la vida no se hubiera retirado, no será nunca un método al que se adhiera una historiador”[5]. Fiel a esta firme declaración de principios, Febvre reconstruye a Lutero desde los años anteriores a la publicación de las “95 tesis” hasta la revuelta campesina de 1525.

La atención permanente a las diversas circunstancias que exceden el dominio de una voluntad individual – por más enérgica que ésta sea – podría inclinar la balanza rápidamente hacia el predominio de la estructura y la prisión del inconsciente colectivo. Sin embargo – y en esto radica, a mi juicio, la principal virtud de esta pequeña obra maestra -, Febvre es capaz de presentar un Lutero que, al tiempo que no fue capaz de controlar las infinitas expectativas y ansiedades que diversos grupos sociales imprimían sobre él, mantuvo insobornables ciertas convicciones que le hicieron sumamente indócil e ingobernable. Ejemplos al respecto hay infinitos. Uno de los más persuasivos dice relación con la posibilidad de crear una alianza militar contra Carlos V. La Conferencia de Marburgo, pensada por el Landgrave Felipe de Hesse como un espacio de acuerdo teológico entre los reformadores de Zurich, Basilea y Alemania con miras a establecer una alianza política, resultó un completo fracaso tras la enérgica negativa de Lutero a considerar la Cena es un sentido simbólico. “Este es mi cuerpo” cuenta la leyenda que escribió con tiza en una mesa. La tozudez consubstancial de Lutero – un detalle a todas luces menor para Felipe de Hesse – impidió una alianza que hubiese contradicho todas sus ideas respecto a la obediencia a la autoridad secular.

Según Febvre, una y otra vez Lutero parece estar atrapado por las circunstancias, movido cual pieza de ajedrez en un tablero que no logra comprender. Pues “era, por su larga profesión monástica, un contemplativo: lo contrario de uno de esos políticos, de uno de esos juristas contra los cuales alimentaba un odio instintivo. Lo ignoraba todo del mundo que le rodeaba. Problemas políticos, económicos, sociales”[6]. A pesar de estar siempre dispuesto a ser presa de otros intereses, Lutero escapa. Pero no lo hace como lo haría un legislador o un político, es decir, oponiendo planes, tácticas y estrategias. Muchas veces – y en esto la intuición de Febvre es genial – sencillamente, no hace nada.

La bula Exsurge Domine de 1520 exigía que Lutero se retractase parcialmente de algunas ideas de sus escritos. Es cierto que tras la publicación de la bula Lutero escribe los grandes escritos reformadores de 1520, a saber: A la nobleza cristiana de la nación alemana, La libertad cristiana y La cautividad babilónica de la Iglesia. Si bien en estos escritos la crítica a la Iglesia Católica es radical y sin vuelta atrás (en diciembre de 1520, cuando se cumplía el tiempo para retractarse, Lutero sencillamente quema la bula), no hay en ellos las bases y los límites de una nueva Iglesia: “A esta Iglesia visible y, valga la expresión, maciza, Lutero opone su verdadera Iglesia: la Iglesia invisible”[7]. Que se predique fielmente el Evangelio y se administren correctamente los sacramentos: todo lo demás, para Lutero, es secundario. Por eso calla cuando exigen de él y su Reforma catecismos, límites, burocracias, ritos: “porque lo que sale del alma ardiente de ese gran visionario, de ese gran lírico cristiano, es un poema. No un plan de acción”[8]. Por eso la Confesión de Augsburgo, escrita por el gentil y concesivo Felipe Melanchton, sostiene que “para la verdadera unidad de la Iglesia Cristiana es suficiente que se predique unánimemente el Evangelio con toda su pureza y que los Sacramentos se administren de acuerdo con la Palabra divina. Y no es necesario para la verdadera unidad de la Iglesia cristiana que en todas partes se celebren de modo uniforme ceremonias de institución humana”. Por eso, también, su rechazo al iconoclasta Carlstadt, su ex colega de Wittenberg. La verdadera Iglesia no se define por la existencia o no de imágenes, sino por la predicación correcta del Evangelio. ¿Qué les molestaba a Carlstadt, Müntzer y tantos otros? “Conservar demasiados ritos, prácticas, sacramentos del catolicismo”[9].

Lutero como héroe nacional contra el corrupto papado italiano, Lutero como adulador de príncipes contra el campesinado en armas, Lutero como inaugurador de la conciencia moderna: el agustino siempre parece estar preso en redes de intereses ajenos a su voluntad. Es cierto que los príncipes sajones vieron en la Reforma la posibilidad de secularizar enormes extensiones de tierras; es cierto que las palabras normativas del capítulo 13 del libro de Romanos (“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas”) inspiraron su autorización a la masacre del campesinado; es cierto que las míticas palabras en Worms frente al emperador y el delegado papal son un impresionante antecedente de la libertad de conciencia moderna. Existe un brillante pasaje de Thomas Müntzer que ilustra perfectamente este permanente problema: “si estuviste presente en Worms ante la Dieta, tienes que agradecerlo a la nobleza alemana, a la que, con toda verdad, has untado el hocico y dado miel. Ella no deseaba sino que tú, con tu predicación, le hicieras regalos bohemios, es decir, los conventos y monasterios que ahora prometes a los príncipes”[10]. Tal perspicacia política – que parece justificar la lectura de Müntzer que, desde el marxismo, hicieron Engels, Kautsky y Bloch – estaba lejos del alcance del agustino.

Porque “lo que le importa a Lutero, de 1505 a 1515, no es la Reforma de la Iglesia. Es Lutero. El alma de Lutero, la salvación de Lutero”[11]. Esta afirmación, que Febvre realiza al considerar sus años de formación, puede extenderse a toda su vida. Lo que tenemos después de 1520 es un hombre que ha encontrado el camino de su salvación, desesperando de sus obras y de sí mismo. Jamás pensará en la conveniencia de alianzas políticas e intelectuales, pues hará todo lo contrario de lo que se espera de un estratega que quiere empujar su causa. Solo así puede entenderse el agrio enfrentamiento con Erasmo, campeón del humanismo católico y gloria de las universidades europeas. No había, quizás, mejor estrategia que establecer una alianza con Erasmo, pero ahí está su respuesta: “No hay un solo artículo de fe, por muy bien confirmado que esté en el Evangelio, del que no sepa burlarse un Erasmo, quiero decir la Razón”[12].

Al comienzo del libro, Febvre promete un juicio sobre Lutero. En un plano político e institucional, se expulsó el catolicismo de la mayoría de los estados del norte europeo, los príncipes adquirieron un fuerte control sobre el gobierno de las iglesias y el luteranismo posterior a Lutero se enfrascó en los debates confesionales que tan poco interés suscitaban al reformador alemán (pensemos en las múltiples negociaciones que implicó la Fórmula de Concordia de 1577 que aun así no fue aceptada múltiples estados alemanes, Dinamarca y Suecia). Al respecto, Febvre sostiene que tal luteranismo “lo hubiera cubierto de vergüenza, si no le hubiera sido casi completamente extraño”[13]. Pero no solo de pan vive el hombre. A diferencia de la interpretación que realiza la Iglesia Evangélica en Alemania en esta conmemoración de los quinientos años, su principal legado no es la libertad de conciencia moderna, de la cual Lutero es un padre involuntario que jamás reivindicaría el poder crítico de la razón[14]. Su fe irreductible en una Iglesia invisible, su desapego por el poder y el prestigio intelectual, su rechazo instintivo a ver sus ideas convertidas en instituciones y dogmas perfectamente delineados y su desprecio por el cálculo político: en ese legado podría reconocerse. Esa despreocupación radical por la construcción institucional y dogmática fue, paradójicamente, su principal influencia. “Poderosa sin duda. ¿Saludable para la paz de los hombres y la felicidad del mundo? Es otra cuestión. Y, por lo menos aquí, no es la nuestra”[15] dice Febvre en sus últimas palabras.

En nuestros tiempos, tiempos de encuestas, cálculos, control de daños y estandarización, cuán fresca es esta brisa, cuán convenientemente destructiva. Por ello, a pesar de su promesa inicial, Febvre concluye afirmando, simplemente: “No juzgamos a Lutero”[16]. No podemos.

[1] Peter Burke. La revolución historiográfica francesa. La Escuela de los Annales: 1929 – 1989, Gedisa Editorial, España, 1999, p. 32.

[2] Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.

[3] Lucien Febvre. Martín Lutero. Un destino, Fondo de Cultura Económica, 2010, p. 9.

[4] Íd.

[5] Lucien Febvre, “Contra el inútil torneo de las ideas. Un estudio sobre el espíritu político de la Reforma” en su Combates por la Historia, Editorial Ariel, 1975, p. 117.

[6] Lucien Febvre, Martín Lutero, p. 216.

[7] Ibíd., p. 154.

[8] Ibid., p. 204.

[9] Ibíd., p. 215.

[10] Muntzer, Thomas.  “Defensa bien fundamentada” en Muntzer, Thomas, Tratados y sermones, Editorial Trotta, 2001, p. 145.

[11] Lucien Febvre, Martín Lutero, p. 69.

[12] Ibíd., p. 238.

[13] Ibíd., p. 268.

[14] Evangelische Kirche in Deutschland (EKD). Justificación y libertad. Celebrando 500 años de la Reforma en el 2017. Hannover, 2015, p. 61 y ss.

[15] Lucien Febvre, Martín Lutero, p. 274.

[16] Íd.