Reflexión bíblica de la liturgia ecuménica “En memoria de Ellas”

Publicado el 05 de abril, 2017 por Daniela Aceituno Silva

Columnas

17240536_1369055289847817_747039301457162966_oMaría unge a Jesús en Betania (Mt. 26:6-13, Mr. 14.3-9; Jn. 12.1-8)

El pasaje bíblico que acabamos de escuchar aparece en tres evangelios del Nuevo Testamento que son centrales para el Ministerio de Jesús. Estamos hablando del libro de Mateo capítulo 26, Marcos capítulo 14 y Juan capítulo 12.

Todo comienza alrededor de una mesa, un espacio cotidiano, en el que Jesús comparte un banquete con algunos amigos y seguidores. Seguramente, se trataba de un momento en el que todos y todas estaban distendidos, relajados, cómodos. Así a veces nos encontramos en la vida o en algunos momentos de ella.

Allí estaba Marta, seguramente afanada como la vemos en varios relatos, pensando lo que se iba a preparar, luego comprando, cocinando, sirviendo, lavando lozas y atenta a cada requerimiento doméstico, quizás perdida en ello, como si no hubiera nada más. No sé si a ustedes les pasa, pero siempre me ha quedado la duda con Marta, si ella alguna vez pudo disfrutar de todo lo que preparó y dispuso en esa y otras mesas. Ella nos recuerda ese trabajo doméstico no remunerado que realizaron nuestras abuelas, nuestras madres, muchas otras mujeres, y quizás más de alguna de nosotras. Ese trabajo doméstico preso de una absurda contradicción entre la desvalorización de lo doméstico, por tratarse de “lo femenino” y la exaltación a la multifuncionalidad de las mujeres. En nuestro medio, tenemos el desafío de ayudar a aquellas mujeres como Marta que se han creído el cuento de que nacieron para velar, para cuidar y sostener la vida de otros y otras como imposición, hay que ayudarlas a que puedan sostenerse primeramente a sí mismas, a que salgan de la cocina, a que sueñen, estudien, tengan tiempo libre, a que lean…a que experimenten placer, a que rompan con la abnegación.

También, en la escena podemos ver a un Lázaro, muy amigo de Jesús, a otros discípulos como Judas, que más tarde lo iba a traicionar y a un leproso, Simón. Como podemos ver, la mesa de Jesús es amplia, diversa, en la cual caben todos. Aquellos impensados y a quienes hoy evitaríamos o evitamos, pues ahí están.

Pero…el relato cobra un giro, se produce un quiebre con la presencia de una mujer llamada María…María, un nombre común para la época, tan universal sería el nombre y la vida de esta María capaz de representarnos a todas. Ella,  “altera” la dinámica de relaciones que se venía dando en ese espacio, generando una situación que se vuelve “ajena” e “inmanejable” para quienes acompañaban a Jesús. Cuenta la historia que venía con un frasco de alabastro, un perfume muy costoso para su tiempo y cultura, un Dolce Gabanna cualquiera, que se abre y se esparce, algunos textos bíblicos dicen en la cabeza y otros dicen a los pies de Jesús. El acto servicial de María, la ofrenda que ella seguramente con esfuerzo consiguió, fue duramente criticado. ¡Cuántas ofrendas hemos dado y damos a diario las mujeres en nuestras comunidades de fe, en el trabajo, en nuestros barrios, en la sociedad, que implican un esfuerzo importante! ¡Cuánta invisibilidad y desestima hemos experimentado en aquello que nos ha costado!

LA DENUNCIA QUE NOS OPRIME

El gran problema – para quienes acompañaban a Jesús – era que ese gesto de servicio era una cosa innecesaria, un sin sentido, un derroche que podía ofrecerse a los pobres. No podemos preguntar, ¿quiénes eran esos pobres a quien María ofendía con su regalo inusual?, ¿Acaso no era María esa fiel representante de la situación de privación y opresión de tantos y tantas para aquella época? En la afirmación de Judas se desdibuja la persona de María, se está hablando por ella, por lo que sería bueno ella hiciera, pero se esfuma su deseo, su sentir, así como desaparece la libertad de las mujeres al decidir por los destinos de su vida, de sus propios cuerpos, de su capacidad de decidir autónomamente lo que consideran mejor.

Aquí hay una doble humillación, tanto al aporte que hace esta mujer en el momento que ella considera adecuado y a la persona de Jesús. Y es que cuando se denigra, se maltrata, se inferioriza, se subestima el aporte de las mujeres a la vida eclesial, social, política, cultural, económica, se daña el proyecto liberador que se nos ofrece en los evangelios. Sólo actitudes y conductas fariseicas como las de Judas y como las de aquellos que guardaron silencio en aquella mesa y en los diversos espacios en los que nos relacionamos, pueden contribuir a reproducir esas violencias simbólicas, materiales, físicas, psicológicas, de entre muchas otras, a las que nos hemos enfrentado históricamente las mujeres y que enfrentamos todavía.

El relato de Juan dice que Judas, no tenía auténtico interés en los pobres, él era un ladrón y como tenía a su cargo la bolsa del dinero que se les daba a ellos y ellas, acostumbraba a robarse lo que echaban allí. ¡Ay Judas! No sólo denigraste y miraste en menos el aporte de esa mujer a la mesa, a la vida social, también instrumentalizaste ese aporte, lo cooptaste para tus propios beneficios e intereses. Seguramente Judas, como esa idea, ese aporte o esa atención de parte de Jesús no la estabas obteniendo tú sino una mujer, pensaste que sería fácil insultarla, pensaste que te estaría permitido porque Dios es hombre, según tu cultura judía. Creíste que Jesús no diría nada.

Ese es el problema del silencio cómplice del machismo, aquel silencio que no cuestiona el modo de ser y hacer las cosas (porque “es natural que las mujeres quieran ser madres”), ese silencio que no problematiza ni se hace cargo de los 11 femicidios que tenemos a marzo de este año (sin contar los suicidios de mujeres violentadas que han visto en la muerte una opción de descanso), un silencio que naturaliza que las mujeres obtengan un ingreso promedio mensual entre 20 y 30% menor que los hombres por la realización del mismo trabajo o por trabajos de igual valor, independientemente del sector en que laboren, la categoría profesional que ocupen, la modalidad de contrato que tengan, el tipo de jornada que cumplan o el espacio territorial en que residen. Ese silencio cómplice que permite el piropo en la calle, y que es una forma de abuso sexual para las mujeres.

EL ANUNCIO LIBERADOR DE JESÚS

El derrame de un costoso perfume, no sólo implicaba un acto de servicio y de disponerse sino también de anunciar frente a todos y todas quienes estaban en esa mesa esa resurrección y la preparación para un nuevo tiempo. Ciertamente, las mujeres estamos preparándonos y anunciando un nuevo tiempo. Las organizaciones sociales, los partidos políticos, los sindicatos y las asociaciones de funcionarios, las universidades, las escuelas, las iglesias, las familias, las calles lo están notando.

En esta hora, agradecemos a María, por este acto revolucionario, por atreverse y resistir ahí firme y en silencio en ese gesto y reconocemos la acogida que Jesús le da en esa mesa en la que recordemos, incluso el leproso tenía lugar. Porque ese leproso de ser mujer en aquella época no habría sido recibido de la misma manera.

Al irrumpir en la mesa social, las mujeres recobramos el espacio que nos fue arrebatado, nos apropiamos de esa resurrección, invitamos a esas Martas, a que se sumen a esa mesa amplia. Reconocemos y valoramos a esas Marías que se atrevieron, que abrieron camino, que incluso perdieron la vida a causa de sus luchas. Como Jesús dijo en ese relato que leímos “dondequiera que este evangelio se predique, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho, en memoria suya”, y en la memoria de tantas mujeres valiosas, visionarias, imprudentes, hoy  hacemos esta reflexión, para nombrarlas, para visibilizarlas y para que no pasen desapercibidas. Se trata de historias de mujeres que hemos compartido días previos a través de nuestro Facebook, compañeras del mundo feminista, de los pueblos indígenas, de nuestras iglesias, y faltan muchas más.

Lo que Judas consideró inapropiado transcendió y como se dijo al inicio, tres libros del Nuevo Testamento fueron sus testigos, en memoria de esa mujer y en memoria de todas aquellas historias invisibles, negadas.

DÉJALA EN PAZ.

La mesa de una casa, un lugar íntimo donde se produce y reproduce la cultura, donde se dicen y se callan las violencias contra las mujeres, ha sido el lugar que Jesús ha dado a conocer. Su intervención final “Déjenla en paz” es la oración de súplica que tenemos hoy, es la consigna que defenderemos, es la invitación a la que somos llamados hombres y mujeres para construir una cultura que reconozca la dignidad de todas las personas.

“Déjenla en paz”, “Déjennos en paz”, no podemos permitir más abusos;

“Déjenla en paz”, “Déjennos en paz”, no queremos más chistes y publicidad sexista;

“Déjenla en paz”, “Déjennos en paz”, no nos tachen de locas, de amargadas por defender lo que es nuestro;

“Déjenla en paz”, “Déjennos en paz”, a las mujeres que son migrantes, que pertenecen a los pueblos indígenas y originarios;

“Déjenla en paz”, “Déjennos en paz”, somos las mujeres que queremos justicia, verdad, reparación a las violaciones de derechos humanos;

“Déjenla en paz”, “Déjennos en paz”, queremos tener libertad sobre nuestros cuerpos;

“Déjenla en paz”, “Déjennos en paz”…en memoria de todas aquellas que nos antecedieron, que posibilitaron que nosotras pudiéramos estudiar en las universidades, que pudiéramos votar y que siguen luchando para que nos dejen en paz. Amén.